Era sábado al mediodía, y como todos los sábados, estaba trabajando en el estudio de mi viejo.
En esa época hacía de todo. Contabilidad, impuestos, laboral, y lo que tocara.
Venía un amigo y de ahí nos íbamos a jugar al fútbol.
Como llegó temprano y yo todavía tenía cosas para hacer (siempre eran infinitas) se quedó sentado al lado mío cebándome mate y de paso me contó sobre el nuevo proyecto que tenía entre manos.
La novia, hoy su esposa, era chef y sommelier (creo que se escribe así).
A él le gustaba tomar vino y sabía bastante del tema (muchos piensan que es una especie de habilidad).
Habían pensado en poner una vinoteca en el local de abajo del edificio en el que vivían, que se había desalquilado.
No era la mejor ubicación, sinceramente.
De hecho la primera pregunta que le hice fue qué negocio había antes ahí y porqué se habían ido.
Lo típico. Un negocio de venta al público de alimentos que no funcionó.
Y vino la pregunta de rigor.
– ¿Calculaste el punto de equilibrio?
– ¿Lo qué?
Ahí me di cuenta de que no tenía la menor idea de lo que le estaba hablando.
Si fuera ingeniero o médico por ahí hubiera ensayado una respuesta.
(Viste que saben todo ellos).
Pero era arquitecto, y optó por hacer lo que habría que hacer la mayoría de las veces que estamos con alguien que sabe más que nosotros del tema. Callarse y escuchar.
Así que le expliqué que el punto de equilibrio sería algo así como la cantidad de botellas de vino que tenía que vender para cubrir los costos, sin ganar ni perder plata.
Seguido a eso le expliqué cuáles eran los costos fijos y los variables, y calculadora en mano sumamos el alquiler, expensas, luz, gas, teléfono, botellas, etc., etc.
Sacamos cuentas.
Lo que podría decirse que hace un contador tradicional.
A los 14 años aprendí a usar la calculadora de escritorio al tacto. Una habilidad que pensé me iba a ser extremadamente útil en mi futuro promisorio. Y claro, me equivoqué. Pero en esa época, con veintipico, era un habilidad interesante (al menos más útil que tomar vino).
Y a eso se sumó la pregunta: ¿Vas a estar vos y tu novia atendiendo?
– No, ¿tendría que pensar en tomar a alguien no?
– Claro, y pagarle el sueldo y las cargas sociales, y el aguinaldo, y las vacaciones, y si se enferma…
En menos de 5 minutos le maté el espíritu emprendedor, y se desvaneció todo rastro de ilusión del supuesto negocio.
No me acuerdo cuántas botellas por día tenía que vender para empezar a ganar algo.
Pero cuando le dije si creía que podía vender eso por día, movió la cabeza de lado a lado desilusionado.
Fue mucha realidad de golpe.
Después jugando al fulbito se le pasó un poco la amargura.
Veo muchos que no hacen las cuentas, o las hacen mal.
Como dije ayer, si el negocio no es negocio haciendo todo como corresponde, entonces es difícil que funcione.
Otra cosa es que den los números y después veamos cómo optimizarlo o qué beneficios tenemos que conocer.
Primero hay que saber qué es lo que corresponde, y después ver qué beneficios podemos tener.
Y de esto es de lo que vamos a hablar en la charla sobre la reforma laboral del viernes 13/2.
No del punto de equilibrio.
De los beneficios que podemos aprovechar, del blanqueo, de la posibilidad de contratar más gente o acomodar las cosas.
Porque lo lógico es que si se hace una reforma y un blanqueo, atrás se empiece a controlar a los que no hacen bien las cosas.
Y ahí ya va a ser tarde.
Que tengas una linda semana.
Buen lunes.
LOVO.