Un cuento chino
Era un jueves cualquiera. Una media mañana cualquiera. Hace ya varios años.
Muchos años.
El interno de mi oficina sonó como nervioso.
¿Viste que a veces pasa eso? Parece que el teléfono supiera que algo es urgente.
Suena más fuerte, más efusivo el tipo.
Del otro lado mi viejo:
—Vení.
Y cortó.
Era uno de sus deportes favoritos: cortarme el teléfono.
Podía ser cualquier reunión de esas que suelen abundar en las pymes.
Pero no, esta se traía cosas interesantes. Se intuía en la atmósfera apenas iba llegando a su oficina.
Adentro, sentados: uno de los socios de la empresa, el gerente de ventas, el jefe de depósito y mi papá.
Todos con cara de ansiedad.
Pero de esas ansiedades apuradas, de “ya tendrías que haber estado sentado acá desde antes que te llamara”.
Más o menos así. Sobre todo la de mi viejo.
—Hay uno que nos está robando. Nos enteramos por un chino.
Silencio de gol en contra (de local, sin público visitante).
Si no fuera porque estábamos alrededor de un escritorio en un estudio contable, pudo haber sido tranquilamente parte del guion de una peli de gánsters.
Resulta que el dueño de un supermercado chino nos contactó, para avisarnos que uno de nuestros empleados le estaba ofreciendo mercadería a un precio por debajo del de lista.
O sea, estaba robando mercadería de la empresa y la ofrecía más barata. En negro. Cash. Sin boleta, diría el ferretero de mi barrio.
El tema es que no era cualquier producto. Eran latas de atún. ¡Latas de ATÚN!
¿Se entiende?
De primera marca.
Esas que deberían venderse únicamente en joyerías. O en free shops.
¡Esa! ¡Esa misma!
Que no le ponen el cosito ese de plástico para la alarma porque es incómodo.
Que si no, tendrían. Seguro.
La cosa es que no eran una o dos latas.
¡Packs de 12 latas de atún! ¡Lingotes de oro eran!
Un maestro el empleado infiel. Ya que robaba, robaba bien.
Nada de chiquitaje. Unos chicles, algunos chupetines, un par de chocolatines.
¡Latas de atún!
—Con razón no nos daba el stock —dijo el jefe de depósito.
Las miradas no fueron muy amables. Poco sentido de la oportunidad el amigo.
El que era un amigo posta era el chino.
Honesto.
Porque podía haber aceptado la rebaja sin factura y es probable que nadie se hubiera enterado, al menos por un tiempo.
(De hecho algunos otros clientes deben haber aprovechado el “hot sale atunero”).
Los chinos son muy versátiles. Pueden pasar de ser dueños de un supermercado, un restaurante, un bazar de todo por dos pesos, o miembros de la mafia.
O todo eso junto.
Te pelean los precios, te devuelven la mercadería cuando quieren con excusas raras. Muy raras. Te dan caramelos de vuelto.
Pero no son chorros. Al menos no los del súper chino que nos avisó.
Ahora, el chino puso una condición:
—No tetigo. Tetigo no.
El señor oriental nos hizo saber de antemano su falta de predisposición para ser testigo en caso de llegar a juicio.
Un visionario el chino.
Cuando se quieren hacer entender, hablan un castellano fluido. Con muchas eles. Pero se entiende.
Ahora, ellos entienden cuando quieren.
Basta con decir “no entendo” y sanseacabó.
El caso es que al chino no hubo forma de convencerlo.
Y eso que fuimos varios de la empresa a intentar persuadirlo.
Nada. No iba a ser testigo. O “tetigo”.
Y ahora, anoticiados de la maniobra delictiva de uno de los empleados y develado el misterio, quedaba saber quiénes estaban implicados.
Pensamos que al menos dos empleados tenían que haber participado del ilícito.
Moraleja 1: En estas situaciones siempre hay más de uno implicado, o que tiene información. Es cuestión de indagar.
Asumimos que estaban arreglados el chofer y el ayudante, mínimo.
Para hacerla corta. Investigación de por medio. Informes. Descargos.
Al final resultó ser que el chofer no participaba del negocio. Era una unipersonal (vos me entendés).
Que sabía pero no decía nada (encubrimiento que le dicen).
Honesto.
Ponele.
No tanto como el chino. Que era honesto enserio.
Porque había otros chinos y no chinos que no dijeron nada. Y compraron a precios “cuidados”.
Moraleja 2: Si encontrás algo que anda mal, es muy probable que no sea lo único que anda mal. Cuando le pagamos de menos a un empleado por error, nos vamos a enterar más rápido que inmediatamente. Pero si nos equivocamos a favor, puede que nunca nos enteremos. Y nadie se equivoca para un lado sí y para el otro no.
Sigamos.
El modus operandi era poner uno o dos packs de atún en su mochila y subir a la camioneta para el reparto silbando bajito.
Y después ofrecía el botín a los negocios que visitaba para entregar la mercadería.
Así que uno de los días que salía para entregar en la zona del “conflicto de intereses”, le pedimos que abriera la mochila.
Moraleja 3: Ojo. Lo legal-legal, sería hacer controles a todos por igual, etcétera, etcétera. Otro día te cuento otra historia sobre esto. Pero acá no había tiempo. Había que actuar rápido. No daba para implementar un sistema de control por selección automática randomizado, equitativo e inclusivo. Quedó para más adelante. Como casitodo en las pymes.
Medio que se negó, hasta que tuvo que acceder al pedido insistente del encargado y saltó la ficha.
Tenía el pack premium de atún en la mochila. Dos, en realidad. Se hacía un sobresueldo el loco.
Confirmamos “la ruta del atún”. No había dudas.
En ese momento yo era presidente de una de las sociedades del grupo, justo la que atendía al chino.
Así que, como buen “presi”, como me decían cariñosamente (quiero pensar) algunos empleados, me tocaba hacer la denuncia.
Sí, no todas las cosas de ser presidente son glamorosas. Pocas, diría.
Fui a la comisaría.
—No es robo, es hurto.
—Pero robó…
—¿Hizo uso de la fuerza? ¿Usó armas? ¿Hubo violencia?
—No, en realidad no.
—Entonces es HURTO.
Así que lo despedimos con causa. Por robo. Bueno, por hurto.
En realidad lo suspendimos hasta tomar la decisión (que ya estaba tomada) para darnos tiempo a hacer la denuncia policial y tener las pruebas.
Filmaciones, testigos (menos el chino), informes de supervisores, la denuncia penal, etc.
Aunque no iba a servir de mucho.
Ya vamos terminando con la historia y vas a ver porqué te lo digo.
Moraleja 4: Cuando hay un despido (y esto hay que entenderlo bien, que es la clave de todo este cuento chino), no importa si tenemos razón. Dejamos de tenerla. Y si tenemos o no razón lo va a decidir un juez. Sí, un juez. Difícil ser juez. Decidir sobre el destino de los demás. Como si alguien tuviera toda la información para saber cuál es LA VERDAD. Siempre. No me gustaría estar en ese lugar. Pero intuyo que a ellos sí. Les da poder. Como a mi papá cortarme el teléfono. En fin. Que el destino del juicio va a depender de muchos factores. Pero cada uno va a cuidar su quintita: el empleado ladrón va a querer cobrar igual las indemnizaciones, aunque haya robado, diciendo que no robó, aconsejado por su abogado; su abogado, aun sabiendo que robó (al abogado hay que decirle siempre la verdad) va a defenderlo para cobrar su parte; nosotros, trataremos de pagar lo menos posible, sabiendo que si perdemos somos los que bancamos todos los platos rotos: los honorarios del abogado nuestro (que también va a querer su tajada) y el otro, las indemnizaciones para el empleado ladrón, las costas del juicio. Ah!, y los sueldos de los jueces, con los impuestos.
En fin. Al final lo despedimos con causa. Por ladrón.
No necesitábamos esperar a que un juez nos dijera que nos había robado.
Al tiempito, como era de esperarse, nos llegó la demanda laboral.
Que en realidad no estaba robando las latas. Las estaba transportando personalmente en su mochila para que no se estropearan, aunque la tarea excedía las propias de su categoría laboral.
Que deberíamos haberle pagado un “adicional uso de mochila” por utilizar su propia mochila para el traslado (esto es en joda, pero no estamos tan lejos de eso).
Que el chino no entendió.
Etcétera.
Moraleja 5: Un juicio laboral es como una guerra. Nadie gana en las guerras. Si hay al menos una baja de tu lado, aunque ganes, perdés. Al empleador le pasa lo mismo. Arrancamos perdiendo. Ya para contestar el primer telegrama -que para el empleado es gratis- tenemos que pagar la carta documento y honorarios al abogado. El abogado del empleado generalmente cobra al final. Como un plazo fijo se arma. Después los honorarios de la contestación de la demanda. Eso ganando (las probabilidades son más bajas que un equipo de primera división salga campeón dos veces seguidas). Y si perdemos, pagamos todo. Y si se arregla, casitodo.
Al final llegamos a la vista de causa. Unos años después. Varios años después.
Como nuestro abogado es muy previsor, nos avisó el día antes que teníamos la audiencia (decir que es amigo).
La audiencia de vista de causa es donde los jueces deciden. En general se arregla antes. Pero ese día hay que hacer todo el show: van los testigos, vemos si nos ponemos de acuerdo, se muestran algunas cartas, se trata de convencer a las partes de arreglar, se ofrece algo para acordar. Etcétera.
Moraleja 6: Entre bomberos no se pisan la manguera. Vale para muchas cosas. Otro día amplío.
El tema es que tienen que ir los testigos. Están citados. Y es responsabilidad de cada parte llevarlos.
Así que tuvimos por poco que desarmar la empresa para que vayan nuestros testigos al día siguiente.
Todos eran empleados.
Menos el chino.
Pero el abogado lo había puesto primero en la lista de testigos ofrecidos de la contestación de la demanda.
Primero.
Al chino.
El día de la audiencia a la mañana -ya con todos los testigos en tribunales- me llama el abogado (todavía es mi amigo).
[Habla en voz bajita y haciendo “carpita” con la mano para que no lo escuchen, porque estaba en medio de las negociaciones]
—Falta el chino
—Pero el chino no iba a ir, ya nos dijo. ¿Te acordás?
[Yo hablaba bajito, como para solidarizarme]
—Llamalo
—Que no va a ir. Ya nos dijo.
—Conseguí un chino.
Y me cortó.
Si, me cortó. Como mi viejo.
Parecía una amenaza mafiosa: “Conseguí un chino”.
Como si fuera algo normal “conseguir un chino”. Lo dijo como: “comprate unas medialuncitas de pasada que yo mientras voy preparando el mate”.
“Conseguí un chino” me dijo. Y cortó.
Todavía confundido (no sabía si había entendido bien), y además enojado porque me había cortado, no va que suena de nuevo el teléfono. Tres minutos después.
—¿Conseguiste el chino?
—¿Vos me estás hablando en serio?
—¿Vos me ves con ganas de estar jodiendo en tribunales?
—¿Pero cómo querés que consiga un chino?
—No sé, ese es tu problema. Yo estoy con la audiencia. Vos encárgate de conseguir un chino. Un japonés. Un coreano. Lo que quieras. Necesito un masculino oriental que venga ya para acá.
Y me cortó.
Me cortó de nuevo.
Dos veces me cortó.
Parece que tenía que conseguir un chino nomás. Pero no el honesto. Otro.
Empecé a llamar a los vendedores que atendían a los súper chinos, para conseguir que alguno fuera.
Bueno, la hago corta para terminar.
Ya casi tenía un chino dispuesto a ir a la audiencia. Aunque requería una contraprestación. Algún descuento, una bonificación.
Los chinos son honestos, pero no boluros.
La cuestión es que tenía un chino. Sí, no me preguntes cómo lo conseguí.
Cuando lo llamé al abogado me dijo con total naturalidad:
—Ya está, ya arreglamos. No fue necesario.
Final del cuento y última moraleja: ¿Para qué quería que fuera un chino? Para que el abogado de la otra parte viera que había un chino. No importaba si era “ese” chino. El honesto. Podía ser otro, menos honesto que el chino honesto. Tampoco importaba si era chino. Tenía que ser oriental. Y ya. Eso lo ponía a nuestro abogado en una mejor posición negociadora. Para lograr el efecto “testigo chino” (lo debería patentar).
Sería algo así
[Imaginen al abogado del exempleado ladrón, carpita con la mano, cuchicheando]
—Vino el chino che.
—¡Sonamos!
—Si este abre la boca estamos al horno.
—¿Cómo hicieron para que venga el chino? —Y así.
No se iban a preguntar:
—¿Será ese el chino honesto?
—Para mí que es otro chino, menos honesto que el chino honesto.
—No me suena que sea el mismo chino. El otro era más chino me parece.
No. No funciona así el efecto “testigo chino”.
Vos llevás un NN de origen oriental y automáticamente todos asumimos que es el chino. Listo.
El efecto “testigo chino”.
Moraleja bonus: la habilidad principal del abogado laboral de la empresa es ser un hábil negociador. Si no sabe negociar, si no sabe vender, la cosa no camina. Todo pasa por ahí. Creeme. ¿Tiene que saber de laboral? Obvio que sí. Además. Eso lo descartamos. Pero lo más importante, lo más importante, es que sepa negociar.
Al final, no fue necesario que vaya el chino. Se cerró por una suma más que razonable. Perdimos. Como en la guerra. Pero no tanto. Porque nuestro abogado, mi amigo, sí que es un hábil negociador.
Arreglamos. A ellos se les complicaba sostener la coartada. Nosotros teníamos las de perder. Como siempre pasa a los empleadores.
Siempre arrancamos menos diez.
Menos, los diez minutos que duró esta historia, que seguro algo ganaste.